¡Bienvenidos a esta pequeña crónica!
Reunidos en el parking del Mercado Regional de Trujillo, esperábamos el autobús que traía de Madrid una gran delegación de Peregrinos, el entusiasmo nos iba envolviendo al pequeño grupo de recién llegados, fotos, saludos y anhelos.
Cuando llegó el autobús las expresiones de alegría eran
evidentes. El camino a recorrer desde
Trujillo hasta Santa Cruz de la Sierra era el lugar señalado, para
ser testigo no sólo del esfuerzo físico, sino sobre todo del deseo que nos
habitaba por dentro.
Me he preguntado al ver a tanta gente vestida para caminar, sobre qué motivación traían, pero las imágenes que veía en varios peregrinos me han respondido de forma clara, la
Virgen de Cotoca estaba presente.
Las llamadas, las preguntas de los responsables, mostraban preocupación por el cuidado mutuo, una clara manifestación de la necesidad de afrontar la vulnerabilidad de quienes eran percibidos más necesitados de cuidados.
Después de la bendición de Párroco de Trujillo, y las indicaciones de los guías, las filas aparecieron, y a cada paso una oración, cada
esfuerzo una ofrenda, y cada encuentro o saludo con el hermano un signo de nuestra
comunión fraterna en Cristo. Esta fue la experiencia de mis escasos treinta minutos como peregrino.
La experiencia de peregrinar nos recuerda que la vida es un camino constante de búsquedas y sacrificios hacia la plenitud o santidad. La huella imborrable de la ternura de la Madre del Señor, que se parece mucho a la ternura del hogar de la infancia, hace que busquemos su presencia.
La fuerza de la devoción de los peregrinos, hicieron que muchos olvidaran el chocolate y los churros que los esperaban en la plaza del Pueblo, muchos solo querían entrar en la Iglesia para verla, como cuando se llega a la casa de la Madre, sentados en silencio, en la presencia de aquella figura que les recuerda la ternura de la casa, del hogar, de la Madre.
Esperemos que el otro año la providencia permite que podamos volver a esta Peregrinación, tan significativa y saludable.
