Fiesta de la Divina Misericordia (Jn 20, 19-31)
Un recuerdo, una culpa, una herida antigua.
Los discípulos están encerrados. Las Puertas están bloqueadas.
Hay miedo, desconfianza. Hay heridas abiertas por dentro.
Y a la hora menos pensada… ahí, justo ahí, en ese encierro entra Jesús.
No cuando todo está resuelto.
No cuando la fe es fuerte.
Sino cuando todo está frágil.
Y todo parece perdido.
Jesús aparece en medio del miedo y la duda.
No espera a que Tomás crea,
ni a que los discípulos estén en paz.
Entra cuando están así. Dios siempre actúa…
Tampoco da discursos.
No corrige. No exige.
Solo: les muestra sus heridas, memoria del amor y dolor.
Algo cambia por dentro. Es la fuerza del Amor entregado.
La herida dejó de doler… ya es un lugar de encuentro.
Aparece el consuelo, una fe distinta: la de Tomás, no perfecta, pero
mas verdadera.
Y Dios no eliminó la herida.
Cambió la forma de vivirla.
Y el silencio se volvió sonoro,
la esterilidad, fecunda.
Sobreabundó la vida.
Quizá se trata de acercarte así. Y empezar…
Quizá esa parte que solemos esconder…
no es un obstáculo,
sino el lugar exacto donde Él quiere entrar.
Nadie sufra por tener una herida.
Hay procesos que no se resuelven, se habitan.
Y Dios no se aleja de lo que duele…
se acerca más. Siempre lo hace…
Oremos, “Jesús, entra aquí”.
No para que lo cambies todo de golpe,
sino para no vivir la herida en soledad.
Llamados a ser sanadores heridos,
Para acoger y reconciliar,
Quizá muchos necesiten un espacio donde no tengan que esconderse.
Un corazón reconciliado y en paz.
Allí está el Resucitado.
Sus llagas no desaparecieron.
Se volvieron luz.
Y quizás…
haga lo mismo con nosotros, si lo dejamos habitar…
