Cuando el corazón humano está herido
Hay momentos en los que el corazón humano se
siente desconcertado y disperso.
Vivimos rodeados de información, de tensiones
sociales, conflictos personales, y muchas veces descubrimos dentro de nosotros mucho
cansancio interior. Como si la vida estuviera llena de pequeñas heridas o si
queremos realidades que nos hieren y no sabemos cómo curarlas.
Por eso la Cuaresma tiene un sentido profundo: no
es solo un tiempo de sacrificios exteriores, sino un tiempo para sanar el corazón.
En este contexto celebramos en Berzocana la fiesta de la traslación de las
reliquias de Santa Florentina, una mujer cuya vida nos recuerda que
incluso en medio de las dificultades Dios puede transformar nuestras heridas en
caminos de gracia.
El Evangelio proclamado en esta celebración, la
parábola del fariseo y el publicano (Lc
18, 9-14) nos recuerdan y dan
testimonio, que la sanación comienza cuando el ser humano se atreve a
presentarse ante Dios con verdad.
Jesús, el médico del corazón humano
Los primeros cristianos tenían una expresión muy
hermosa para referirse a Cristo: “Cristo
médico” que ha venido para sanar
la vida humana.
Cuando recorremos los Evangelios descubrimos que
Jesús sana de muchas maneras.
A veces sana con su voz. Recordemos al ciego Bartimeo, sentado al borde del
camino.
Jesús se detiene y le pregunta: “¿Qué quieres que haga por ti? Jesús pronuncia
una palabra que cambia su vida: “Recobra la vista”. Jesús sana acercándose a quienes estaban heridos o
rechazados, pensemos en Mateo o
en Zaqueo, el publicano despreciado por
todos, a quien Jesús le dirigió la palabra ddiendole: “Hoy quiero hospedarme en
tu casa”.
En otras ocasiones Jesús sana toca el cuerpo enfermo, hace barro y unta los
ojos al ciego de nacimiento, pero
si nos preguntamos en el fondo ¿cómo sana Dios? Nos damos cuenta que los
evangelios dan testimonio de que sana sobretodo con su “presencia”
Jesús sana con su presencia.
La presencia de Dios sana
La figura de Santa Florentina, cuya memoria
celebramos en Berzocana, es también un ejemplo de este proceso interior, de
vivir en la presencia de Dios, de Jesucristo, de vivir inhabitada por la
Trinidad Santa, en la presencia de aquel que la amaba, que le dio la fuerza para sacar adelante a
sus hermanos, ser guía como abadesa de muchas jóvenes.
Dios le dio la gracia, de transformar esas
heridas en un lugar de encuentro con Él. Por eso la Iglesia venera sus
reliquias.
No porque tengan un poder mágico, sino porque
pertenecieron a una vida profundamente
habitada por Dios. Los santos son eso: personas cuya vida nos recuerda que
la presencia de Dios puede transformar
el corazón humano, y glorificar la carne como en la Resurrección.
Un camino cuaresmal para sanar el
corazón
Que Santa Florentina, amiga de Dios, interceda
por nosotros para que en esta Cuaresma aprendamos a vivir en la presencia del
Señor.
Porque donde está Cristo, el corazón humano
encuentra siempre un camino de
sanación, dignidad y esperanza.