¡Bienvenido!
Este domingo de cuaresma, el Evangelio nos conduce a una escena tensa,
profundamente humana y, por desgracia, tremendamente actual: una mujer sorprendida en
adulterio es arrastrada al centro de la plaza y expuesta al juicio público.
Pero la verdad es que no les
interesa ella. No buscan justicia. Lo que realmente buscan es reafirmar
sus propios argumentos, atrapar a Jesús, tener de qué acusarlo. Les molesta su forma de
pensar, su libertad de corazón, su modo de vivir la ley desde la misericordia.
Quieren una excusa para desacreditarlo.
Jesús había cuestionado el ritualismo sin alma, la religiosidad vacía, la
dureza legalista. Por eso lo empujan al límite. Esperan una sentencia. Esperan
ruido.
Pero Jesús escucha el juicio y, en vez de responder, guarda silencio.
No entra en el juego del poder ni del argumento. No reacciona como esperan. En
su lugar, se inclina y escribe en la tierra. Un gesto simple. Inesperado.
Desconcertante.
Ese silencio no es pasividad. Es profundidad. Jesús no evade. Jesús revela.
En su silencio, crea un espacio. Un umbral. Un lugar donde algo nuevo puede
nacer.
A veces también nosotros vivimos rodeados de silencios incómodos: miradas que esquivan, saludos fríos, juicios que
no se pronuncian pero se sienten. Silencios que no sanan, sino que condenan.
Pero el silencio de Jesús es distinto. No juzga. No señala. No etiqueta. Su silencio invita a mirar hacia dentro, a entrar
en contacto con la propia verdad, esa que no necesita defenderse ni
disfrazarse.
Cuando Jesús se inclina y escribe en el suelo, desactiva la violencia.
Rompe
la lógica del enfrentamiento. No quiere tener razón. Quiere tocar corazones.
Su gesto, aparentemente pasivo, es en verdad profundamente activo: nos conduce al centro de
nosotros mismos, al lugar donde Dios habla. Y es allí donde brota una verdad
que sana: no somos mejores que nadie. Todos estamos
rotos. Todos necesitamos misericordia.
“El que esté sin pecado, que tire la primera piedra.”
Con esa frase, Jesús nos devuelve a nuestra conciencia. Nos muestra que, al juzgar,
ocultamos nuestra propia fragilidad. Nos recuerda que todos somos hijos de
Dios y que ninguno está exento de necesidad.
Jesús no niega el error de la mujer. Le dice claramente: “Vete, y no peques más.”
Pero lo decisivo es esto: no
la reduce a su error. No la clava en su pasado. No la mira como una
causa perdida. Le ofrece una nueva
posibilidad. Una salida. Un comienzo.
Es su forma de decir: Tú no eres tu pecado. Eres tu posibilidad. Tú
no eres tu pasado. Eres tu esperanza. Tú no estás definida por lo que hiciste,
sino por lo que aún puedes llegar a ser.
Ese gesto de Jesús no fue solo
para ella. Es
también para nosotros tan necesitados de reconciliación.
Porque todos cargamos heridas. Todos hemos fallado. Todos necesitamos un silencio que no acuse, sino que cure.
Un espacio donde podamos volver al centro, donde podamos encontrarnos con Jesús y decirle con
sinceridad:
“Señor, sana mis heridas. Tócame por dentro. Ayúdame
a no juzgar. Enséñame a mirar como Tú miras. A verme como Tú me ves.”
Cuando nos dejamos mirar así por Jesús, comienza
la verdadera sanación. La sanación de las relaciones interpersonales en la
familia, en el Pueblo.
Una sanación que no borra el pasado, pero que nos libera de vivir esclavos de él.
Porque Dios no nos define por nuestras caídas,
sino por la belleza que todavía puede florecer en nosotros.
Su mirada no es de condena. Es una mirada de confianza, de ternura, de nuevo
comienzo, de esperanza.
Una mirada que nos dice hoy, con todo el amor del
cielo: “Vuelve a empezar de nuevo".